Había decidido no traer al Atrio el espinoso conflicto abierto entre dos pueblos hermanos, enfrentados por una tierra en la que vivir: Palestina o Israel. Pienso que todos conocéis que hace poco más de una semana un atentado terrorista acabó con la vida de una mujer aquí, en Jerusalén (la ciudad de la paz?). Ni quiero ni puedo hacer un juicio sobre el conflicto que aquí se vive. Me falta conocer en p
rofundidad las realidades del pueblo palestino y del pueblo hebreo. Seguramente a tantos como a veces oímos condenar a los palestinos, o demonizar a los hebreos, también les falta conocer más la situación, y les sobra atrevimiento para hablar de lo que ignoran. Nunca hay razones para acabar con la vida de otra persona, ya sea europea, palestina, israelí, libia,... Nunca la violencia y la muerte traen buenas noticias.
Dos experiencias en estos días me han hecho pensar. Una tarde, visitando con unos amigos los enterramientos del siglo I que hay en le valle del Cedrón, hemos tenido que irnos de aquel lugar porque un grupo de chavales han comenzado a arrojarnos piedras, sin haber ninguna razón aparente. Eran palestinos.
Paseando por uno de los barrios judíos de la zona nueva de Jerusalén, Mea She'arim, he sentido las miradas de odio y desprecio de hombres que cambiaban de acer
a en la calle porque íbamos hablando con mujeres. Y además, ellas iban ¡con pantalones! Eran judíos.
Este no es un conflicto de buenos contra malos. Cualquier forma de violencia es siempre ilegítima. Las armas, las piedras, el desprecio, nunca tienen la razón. No creo en la equidistancia, en la imparcialidad de los análisis y los juicios. No creo que en este conflicto unos y otros estén al mismo nivel. Solo hay una cosa común, que es igual para todos: la violencia nunca se justifica, nunca acerca a la verdad.
No obstante, las cosas aquí se ven "tranquilas", con "normalidad". No tengo ningún problema de seguridad. Y las visitas que voy haciendo son realmente hermosas, elocuentes de una realidad escondida entre las piedras y las personas. La próxima vez escribiré sobre esto.
Dos experiencias en estos días me han hecho pensar. Una tarde, visitando con unos amigos los enterramientos del siglo I que hay en le valle del Cedrón, hemos tenido que irnos de aquel lugar porque un grupo de chavales han comenzado a arrojarnos piedras, sin haber ninguna razón aparente. Eran palestinos.
Paseando por uno de los barrios judíos de la zona nueva de Jerusalén, Mea She'arim, he sentido las miradas de odio y desprecio de hombres que cambiaban de acer
Este no es un conflicto de buenos contra malos. Cualquier forma de violencia es siempre ilegítima. Las armas, las piedras, el desprecio, nunca tienen la razón. No creo en la equidistancia, en la imparcialidad de los análisis y los juicios. No creo que en este conflicto unos y otros estén al mismo nivel. Solo hay una cosa común, que es igual para todos: la violencia nunca se justifica, nunca acerca a la verdad.
No obstante, las cosas aquí se ven "tranquilas", con "normalidad". No tengo ningún problema de seguridad. Y las visitas que voy haciendo son realmente hermosas, elocuentes de una realidad escondida entre las piedras y las personas. La próxima vez escribiré sobre esto.