domingo, 4 de septiembre de 2011

Cuando se hace por amor

Comentario al texto del evangelio de Mt 18,15-20 para el domingo (XXIII del Tiempo Ordinario), tomado de la revista Diócesis.


Cuando las cosas se hacen por amor, suelen salir bien. Si bus­camos sinceramente “ganar un hermano” y no un “enemigo”, se logran restablecer las relacio­nes. Quizá la pregunta básica sería: ¿a quién tengo delante cuando realizo una corrección?, ¿lo siento realmente como “mi hermano”?

Equivocado, desorientado, pecador... pero “hermano”. Si no es así, no sigamos adelante. Si no me duele lo que voy a decirle, si no titubean mis palabras por miedo a herirlo aún más, si no temo hacerle más daño al situar­lo ante el espejo de sus errores... Si no lo amo y deseo por encima de todo el bien de “mi hermano”, entonces mejor no corregir.

Quien ama de verdad no busca recriminar despiadadamente los fallos del otro, no se sitúa con superioridad dando lecciones de moralidad, no es “juez” de la vida del hermano. Y, por supues­to, no fomenta “corrillos públi­cos” en los que todos tienen derecho a criticar la mota del ojo del vecino, sin apreciar las dimensiones de la viga en el suyo.

El buen samaritano, que con­movido por el dolor del hombre caído se acerca y se inclina para vendar sus heridas, y lo levanta subiéndolo a su propia cabalga­dura buscando su recuperación, es la representación gráfica de la auténtica corrección fraterna.

¡Quién no ha esperado alguna vez la comprensión de los demás! ¡Y cómo nos duele y des­concierta el rechazo de las per­sonas que amamos! No negue­mos la mano “amante” y la mirada misericordiosa al her­mano caído, que es "pecador" pero "hermano".