Cuando las cosas se hacen por amor, suelen salir bien. Si buscamos sinceramente “ganar un hermano” y no un “enemigo”, se logran restablecer las relaciones. Quizá la pregunta básica sería: ¿a quién tengo delante cuando realizo una corrección?, ¿lo siento realmente como “mi hermano”?
Equivocado, desorientado, pecador... pero “hermano”. Si no es así, no sigamos adelante. Si no me duele lo que voy a decirle, si no titubean mis palabras por miedo a herirlo aún más, si no temo hacerle más daño al situarlo ante el espejo de sus errores... Si no lo amo y deseo por encima de todo el bien de “mi hermano”, entonces mejor no corregir.
Quien ama de verdad no busca recriminar despiadadamente los fallos del otro, no se sitúa con superioridad dando lecciones de moralidad, no es “juez” de la vida del hermano. Y, por supuesto, no fomenta “corrillos públicos” en los que todos tienen derecho a criticar la mota del ojo del vecino, sin apreciar las dimensiones de la viga en el suyo.
El buen samaritano, que conmovido por el dolor del hombre caído se acerca y se inclina para vendar sus heridas, y lo levanta subiéndolo a su propia cabalgadura buscando su recuperación, es la representación gráfica de la auténtica corrección fraterna.
¡Quién no ha esperado alguna vez la comprensión de los demás! ¡Y cómo nos duele y desconcierta el rechazo de las personas que amamos! No neguemos la mano “amante” y la mirada misericordiosa al hermano caído, que es "pecador" pero "hermano".